Paraguay
Situación en Paraguay
En las polvorientas calles de Luque o en las aldeas remotas del Alto Paraná, miles de niñas y niños, como Ana, de 9 años, o Diego, de 12, crecen en un Paraguay marcado por una gran desigualdad. En este país latinoamericano, casi un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. En el campo, la realidad es aún más dura: pocas oportunidades, pocos servicios, pocas esperanzas.
Allí, Ana vive con su abuela en una pequeña casa de madera sin suministro eléctrico estable. Como muchos niños de su vecindario, no tiene suficiente para comer todos los días. Al igual que ella, miles de niños se ven privados de una buena educación y quedan atrapados en un sistema escolar que los olvida.
Mientras que el 3 % de los paraguayos posee el 80 % de las tierras cultivables, Diego vende dulces en la calle para ayudar a su madre a alimentar a sus hermanos. El año pasado dejó la escuela. Demasiados deberes, muy poco apoyo, demasiado cansancio. Solo tiene 12 años, pero ya sabe lo que es el agotamiento.
El sistema educativo paraguayo deja atrás a muchos niños y niñas. Solo el 63 % de los adolescentes terminan la secundaria. Y en algunas regiones, como Alto Paraná, apenas uno de cada veinte niños está inscrito en el jardín de niños. Los niños y niñas de comunidades indígenas o barrios marginados son los más afectados: son invisibles en las estadísticas, pero muy reales en las calles, los mercados o las obras de construcción.
Y cuando a la pobreza se suma la violencia doméstica, cuando se utilizan golpes en lugar de palabras, queda poco espacio para la infancia. Las heridas son profundas. A menudo invisibles. Y casi no hay ningún lugar donde puedan curarse: los centros de apoyo psicológico son escasos, y niños como Ana o Diego aprenden a guardar silencio sobre lo que les hace daño.
Antes de 2023: una infancia a la sombra de la invisibilidad
La situación de los niños y niñas en los barrios desfavorecidos de Paraguay era aún más alarmante antes de 2023. El acceso a la educación no solo era limitado, sino que a menudo también era insuficiente: sobrecargados, mal formados o ausentes, los maestros de las escuelas públicas solo podían ofrecer una atención mínima.
En algunas comunidades rurales, no era raro que los niños dejaran la escuela a los 10 u 11 años para trabajar. El concepto de «derechos del niño» les era completamente desconocido. Crecían en silencio, sin orientación, sin voz, a veces incluso sin identidad legal.
En aquel entonces, Valentina, de 7 años, no sabía escribir su nombre. Nunca había tenido un cuaderno. Su papá la llevaba con él a vender leña al borde de la carretera y ella pensaba que era «normal» no ir a la escuela. Hoy en día, todas las tardes hace sus tareas junto con sus amigos en el centro comunitario de su barrio. Este cambio es el resultado de nuestro proyecto.
